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El momento decisivo para Europa: apostar por una mayor democracia o ver cómo ganan los reaccionarios.
Martyn Rhisiart Jones, Madrid, martes 24 de marzo de 2.026

Europa frente a la marea reaccionaria: la democracia social o el abismo
En España, el Partido Popular, antaño baluarte de un conservadurismo constitucional y europeísta, ha comenzado a adoptar el lenguaje, los marcos ideológicos y hasta las políticas de sus rivales, Vox. Como si el fascismo volviera a ser respetable. En Europa entera, las formaciones de derecha tradicional , democráticas, liberales en lo constitucional se ven acosadas, desplazadas o directamente fagocitadas por el radicalismo de extrema derecha. Lo que antes creían en la cohesión social, la red de protección, la inmigración regulada y un mundo sin hambre, guerra ni abusos de derechos humanos, hoy parece diluirse en un abrazo mortal con la reacción. Y mientras tanto, líderes como Ursula von der Leyen, Mark Rutte o Friedrich Merz no encarnan precisamente la esperanza de una Europa decente y progresista. Miren a Hungría: un régimen que erosiona el Estado de derecho, captura los medios de comunicación y los tribunales y convierte la solidaridad europea en una burla. ¿Queremos eso para el continente?
Manuel Azaña lo vio venir hace casi un siglo. En sus discursos y en su defensa de la Segunda República, el gran republicano español dejó claro que la democracia no es un régimen de libertades formales vacías, sino “un régimen de libertades democráticas impulsadas por motivos de interés público y de progreso social”. No bastaba con votar: había que construir cohesión, justicia y cultura frente a la reacción de pánico de las clases privilegiadas que, aterrorizadas ante el pueblo organizado, buscaban cualquier salvavidas autoritario. “La democracia es fundamentalmente un avivador de la cultura”, insistía. Hoy, esa advertencia resuena con fuerza. El fascismo no siempre llega con botas y camisas pardas; a veces se disfraza de “preocupación por la identidad”, de “defensa de las fronteras” o de “crítica al establishment”. Pero su esencia es la misma: dividir, estigmatizar, desmantelar el contrato social.
¿Qué hacer, entonces? La respuesta no está en imitar el veneno, sino en ofrecer un antídoto claro, valiente y mayoritario. Como repite Yolanda Díaz, vicepresidenta y líder de Sumar, “si entras en el diálogo de la extrema derecha, la extrema derecha gana”. No se combate el odio con más odio ni la desafección con recortes. Se combate ofreciendo esperanza concreta a la gente trabajadora, que es mayoría. Díaz lo ha demostrado: una Europa del Trabajo, con derechos laborales ampliados, reducción de jornada, salarios dignos y negociación colectiva fuerte. “Necesitamos más presupuestos sociales que nunca, más derechos sociales, más vivienda pública, más y mejor empleo”. Exacto. Porque, como subraya la ministra María Jesús Montero, “sin justicia social no hay democracia”. La frase es lapidaria y certera. El Estado de bienestar no es un lujo: es el cemento que impide que la fractura social se convierta en un abismo político.
Óscar Puente lo ha dicho sin ambages en el Congreso y en las calles: cuando un fascista te insulta, tomarlo como un cumplido. No hay que dialogar con quien niega la dignidad del otro; hay que desenmascararlo. Y el Mundo Obrero, herencia viva del Partido Comunista de España y de la tradición antifascista del Frente Popular, recuerda que solo la unidad de las fuerzas democráticas y progresistas , socialistas, comunistas, ecologistas, feministas, puede frenar la barbarie. Como en los años treinta, cuando la reacción se armó contra la República, hoy hace falta un frente amplio europeo que defienda no solo las urnas, sino también la vida digna que las urnas deben garantizar.
Concreto: la Unión Europea debe actuar ya. Primero, aplicar sin titubeos el artículo 7 del Tratado y los mecanismos de condicionalidad: ni un euro a quienes violan el Estado de derecho, como en Hungría o en Polonia bajo los nacionalistas. Segundo, reforzar el Pilar Europeo de Derechos Sociales hasta convertirlo en el corazón del proyecto: salario mínimo europeo, protección contra la precariedad, inversión masiva en vivienda y en sanidad públicas. Tercero, una política migratoria común, humana y regulada: fronteras seguras sí, pero con legalidad, integración y derechos; nada de muros que solo benefician a las mafias. Cuarto, batalla cultural e informativa contra la desinformación y el odio en redes: educación cívica republicana en escuelas, medios públicos fuertes y sanciones a las plataformas que amplifican el veneno. Quinto, alianzas progresistas transnacionales: que los socialistas, verdes y la Izquierda Unida coordinen políticas comunes y presenten un proyecto ilusionante en las próximas europeas.
No se trata de “izquierdizar” Europa por capricho. Se trata de salvarla. Porque, como sabían Azaña, la Pasionaria y los brigadistas internacionales, la libertad no se mendiga: se conquista cada día. La fraternidad no es un eslogan: es política concreta. Y la justicia no es opcional: es el único dique contra la barbarie.
Von der Leyen, Rutte y Merz representan el miedo tibio de quien cree que basta con gestionar la crisis. Nosotros , el pueblo europeo, los trabajadores, los jóvenes, los intelectuales honestos, representamos la esperanza. Sigamos el ejemplo de la República que Azaña defendió: democracia radical, progreso social, unidad antifascista. Solo así evitaremos que la extrema derecha, disfrazada o no, vuelva a decidir nuestro futuro.
Europa no nació para ser un club de millonarios asustados ni un fortín reaccionario. Europa nació para ser faro de libertad, igualdad y fraternidad. Defendámosla. O la perderemos.
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